Música y paisaje sonoro
Giovani Mendoza*
Allá lejos susurra el canto de la chicharra
Lya Ayala
El síndrome de la hoja en blanco es uno de los más recurrentes entre los escritores, no importa cuán experimentados sean. Es una especie de virus súbito que ataca justo cuando menos lo esperas. Y sobre todo cuando menos lo necesitas.
Por suerte, el antídoto a este mal puede presentarse también de manera casi providencial. Algunos lo llaman inspiración ¿Por qué no?
El carácter alienante de las ciudades contemporáneas es un lugar tan común, tan cliché de lectura dominical, que no voy a gastarme en argumentos. Pero es tal la capacidad que tiene esta dinámica moderna de sumirnos en nuestro propio mundo, en nuestra propia burbuja –con letrero de “no pase propiedad privada” y todo- que vamos perdiendo la sensibilidad para apreciar los regalos que están ahí mismo para quien los quiere o los aprende a atesorar.
Es difícil imaginarse a cualquiera de nosotros haciendo algún hallazgo estético, poético o como se le quiera llamar, cuando vamos recogiendo el día, con las naves enfiladas de vuelta a casa. Y si para hacer más explícita la puesta en escena de esa cotidianidad, agregamos las seis de la tarde en la Cota mil, con su tráfico caótico, sus motorizados y, últimamente, la lluvia incesante, furiosa, cualquiera pensaría que no es sólo difícil sino imposible. Pongamos un poco más de ingredientes a esta especie de pócima y digamos que, quizá por morbosa costumbre (otra vez la alienación), la radio sólo sirve para recordarnos, entre algunos entremeses musicales que devoramos con gula, que allende nuestro caos hay asuntos mucho más trascendentales que estar atascados en el tráfico. Muerte, desatención, odio, luchas intestinas por mantener el poder unos, por empoderarse, otros. Y es una lista que salta de mis dedos al teclado sin orden aparente, tan liosa como nuestra realidad.
Pero afortunadamente, yo andaba en busca de un tema para escribir y afuera algo clamaba un poco de atención.
***
Parte de mi niñez en el pueblo donde crecí, la pasé en casa de mi abuela materna. Uno de mis momentos preferidos del año, era justamente el que transitaba abril y mayo. Entonces la lluvia cumplía a cabalidad con el calendario y venía a servir de caldo de cultivo para uno de los eventos más notorios que tiene esa época: el nacimiento de las chicharras. Nunca supe a ciencia cierta si ellas anunciaban su llegada, la de la lluvia, o si esta era la partera de ellas, las chicharras. Mi abuela, una mujer humilde de herencia campesina, conservaba ciertas maneras del campo: levantarse temprano a la faena, cortar leña, cosechar cualquier fruto de estación, como los mangos de hilacha, que después me emboscaban en forma de jalea, celada ante la cual yo fingía sorpresa religiosamente. Su casa estaba sitiada por árboles frutales de toda clase, y matas que ella regaba diariamente desde muy temprano, con la devoción del Principito por su amada rosa. Era el lugar perfecto para disfrutar el canto de las chicharras, uno de los sonidos de la naturaleza que siempre me fascinaron. Con su arranque en forma de tartamudeo, indeciso, impreciso pero que luego llegaba a estabilizarse en largos sonidos, como notas sostenidas por virtuosas sopranos, se me antojaban como una especie de duendecillos del bosque. Horas largas pasé sólo escuchándolas. Amén de tenerlas en las manos, y más horas observándolas. Mi abuela las atrapaba para mí.
***
Freno, embrague, velocidad, acelerador, freno… Repita eso seis mil veces en dos horas y estará Ud. en casa.
En algún momento, por atender algo que decía mi hija, bajo el volumen a la radio y me distraigo escasos segundos de mi mecánico proceder. A la vuelta, un pequeño instante fue coronado por el silencio y del silencio fue la epifanía: con un sonido sordo, producto de los vidrios arriba, las chicharras cantaban afuera ¿Será posible que no me haya percatado de eso en días pasados? Tal fue el embeleso ante el descubrimiento que por un segundo bajé la guardia, rasgué el manual de supervivencia caraqueño que a diario nos inoculan y que reza: “si quiere mantenerse con vida, vidrios arriba por favor gracias”. Bajar las ventanillas hizo que el sonido perdiera su lejanía. Estaba allí, allí mismo, al pié de la Ávila. Sí, la Ávila, así femenina, coqueta y misteriosa por lo tanto seductora. Como le gusta a Rubén Monasterios cuando dice:
Ávila es un suave nombre de mujer
y la feminidad se expresa en su ser;
porque es cosa femenil ser caprichosa,
transfigurable, coqueta y veleidosa
Como me gusta a mí.
En una indiferencia total con lo que nos acontecía a los autómatas, las chicharras hacían lo suyo. Un montón de imágenes se me vienen a la mente: arrullo a la imponente montaña, concierto de chirridos, coral de voces sobreagudas. Al igual que Anton Ego, esos sonidos me conectaron a la velocidad del rayo con mi infancia, con aquella casa vieja y boscosa, la casa de mi abuela. El paisaje sonoro de mi niñez emergía entre ese amasijo de hierro y plástico caliente, de ruidos de motos que pasan amenazantes, y corneteos inútiles que no aceleran la llegada a nuestro destino. A ellas, las chicharras, no parecía incomodarles nuestra presencia con todo y sus ruidos. Sólo estaban allí. Siempre han estado, cantando siempre para quien quiera oírlas.
Qué hubiesen hecho John Cage o Pierre Shaeffer con tanto sonido natural. Después de todo, Cage por ejemplo, era un apasionado del sonido y su Némesis, el silencio. Más que la música, amaba el sonido. Más que la estructura, amaba la discursividad en el tiempo. Esa aleatoriedad con la que se mezclaban los sonidos humanos con los escondidos bajo la falda boscosa de la señora Ávila, hubiese colmado las fantasías del compositor y filósofo norteamericano.
Considerar qué es o no es música a estas alturas, sería algo tan infecundo como discutir qué es o no cultura. A veces nos perdemos de momentos que pueden gratificarnos de una manera tan especial, por la simple falta de sensibilidad o por apegarnos a dogmas preconcebidos. La posibilidad de encontrar belleza y de disfrutarla en el entorno de hierro y concreto (léase la arquitectura) de una ciudad como Caracas, ya ha provocado el derramamiento de tinta de muchos escritores, sociólogos, arquitectos, historiadores, etc. El mismo Rubén Monasterios ha dedicado su vida entera a ello, es decir, a la contemplación de ese caos que es Santiago de León, y hacer de eso un goce estético.
Muchas veces no valoramos espectáculos como el que describí, sonoro, proveniente de la naturaleza misma ¿Con cuánta frecuencia pensamos en lo verde que es Caracas, pese al espacio suplantado por el concreto? ¿Qué sonidos se producen de esa conjunción con la naturaleza? Pero no soy el único fascinado, afortunadamente. Hace unos años, el compositor venezolano Paul Desenne escribió una de sus más hermosas partituras: Haydn tuyero, Chicharras, Galeones; obra comisionada para celebrar las “Bodas de Perla” de los esposos Cisneros. El segundo movimiento lleva el nombre del insecto rechinador, no en vano. Concebida para flauta, corno inglés y cello, Desenne logra recrear ese canto de amor mezclándolo de manera magistral con las notas del cuatro venezolano (“cambur pintón”). De colchón, en la grabación se escucha a lo lejos, como el susurro que evoca Lya Ayala, el canto de decenas de ellas.
(Chicharras a partir de 4’15”)
Algunos paisajes se caracterizan por una saturación sónica de tal magnitud, que dificulta la diferenciación de los ejecutantes en esta orquesta de animales. Pero si nos sumergimos en este espacio acústico, escucharemos varios tipos de pájaros: algunos trinan “siriririri”, otros pían “tu tiiiii”, mientras las ranas producen un burbujeo abigarrado “ua ua uaua…
Así plasma Carlos Suárez una de sus experiencias en un trabajo que conjuga creación e investigación, al cual llamó precisamente “Paisajes sonoros de Venezuela” (http://www.escoitar.org/Paisajes-sonoros-de-Venezuela). Al igual que mis propias palabras sobre la vivencia con las chicharras, el trabajo de Carlos está inmerso en una onda ahora muy en boga conocida como Soundscapes, Wild music, y otras tantas etiquetas que sirven para traducir modernamente lo que desde Pitágoras y más allá nos ha maravillado: la armonía de las esferas.
El compositor, arreglista, multi-instrumentista y visionario músico brasilero, Hermeto Pascoal, lleva años haciendo experimentos con el sonido, al punto que es difícil establecer cuándo es sonido, cuándo música, cuándo ruido y cuándo silencio. “Música universal”, “sonido del aura”, y otros motes, son los utilizados por Hermeto para tratar de traducir con palabras -inútilmente creo- algo que solamente logramos entender y aprehender al escuchar su música. Pero sin duda, una vez más lo importante es la experiencia sonora, sea que provenga directamente del entorno natural, que la manipulemos, que nos entreguemos a ella o que la hagamos convivir con nosotros.
Recientemente, en una de sus “Aventuras Sonoras”, el reconocido flautista y ahora comunicador, Luis Julio Toro, dirigió a un ensamble de sapitos a los que descubrió por casualidad mientras bordeaba un río. La interacción entre la flauta del maestro caraqueño y aquellos fieles animalitos, es una de las formas de intervención de los paisajes sonoros que, dependiendo de donde uno se sitúe, de la sensibilidad de cada quién, ya lo considerará o no, música.
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Inevitablemente, de vuelta a mi paranoia como quien despierta de un sueño, tuve que subir los vidrios de nuevo dejando al otro lado aquél concierto que siguió su temporalidad. No dejo de pensar desde entonces que cada espacio de la ciudad tiene su propio sonido, su propio paisaje sonoro. Y aún más, cada época del año tiene también el suyo. Sólo hay que abrir la ventana y dejar que nos visite de vez en cuando.
Según aprendí desde pequeño, las chicharras sólo viven un par de meses. Cuando las escuchamos cantar, también las escuchamos morir. Es difícil imaginar un final más poético para tan humilde ser.
*Musicólogo, compositor y flautista
@dofasolre
http://www.dofasolre.blogspot.com
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